LAS JOYAS DE LOS SIGLOS XVIII y XIX

Isabel de Farnesio, retrato de Miguel Melendez 1727

Isabel de Farnesio, retrato de Miguel Melendez 1727

I  PARTE

Desde el siglo  XVIII hasta nuestros días, la  indumentaria  valenciana ha ido cambiando según  ha ido  avanzando  el  tiempo, llego  un momento , a mediados del siglo XX,  que  perdió su  autenticidad  adaptando,  según convino , los  trajes  a la  coyuntura  que se vivía, uniformando  y marcando  unas reglas comunes  para todos. El gran escaparate de la  indumentaria  casi siempre ha sido  el  mundo de las fallas, en ellas se han visto reflejado los cambios,   durante algunos  años se perdió  la  esencia  de  nuestra indumentaria, pero en el  último  cuarto del siglo XX, con  el cambio político,  volvimos  a  querer  recuperar  la gran  y valiosa indumentaria  histórica de Valencia, una  indumentaria  que fue  durante varios  siglos  referente en la vieja  Europa,  porque  aquí se tejían  las  más  apreciadas  sedas  de el viejo mundo.

Como no, con la indumentaria están implícitos los  complementos y uno de los  más  valiosos  y apreciados eran las joyas. Heredadas de madres a hijas ,inventariadas , pintadas, reformadas, entregadas como dote o  regaladas en las bodas de las ricas damas de la sociedad, han  llegado  hasta nuestros días y en ese deseo de reencontrarnos con nuestra historia  , también queremos  recuperar  sus  formas y belleza, para que  no mezclemos  un  traje del XVIII  con joyas  del  XIX o viceversa.

Testamento 1791, inventariado aderezo de oro y esmeraldas, entre otras joyas.

Testamento 1791, inventariado aderezo de oro y esmeraldas, entre otras joyas.

Buscando en los inventarios de los testamentos  de la  alta sociedad y con las imágenes de los maravillosos cuadros  de las distintas  épocas y leyendo grandes recopilaciones  de   estudiosos de la historia del arte,  he podido reunir  datos  muy interesantes  que  iré  presentando en el blog.

También quiero desmoronar una  aseveración que suelen  hacer  los  menos  duchos en la   materia, las joyas no eran exclusivas de las  mujeres, aunque sí  eran  las más vistosas,  los hombres  también las  usaban y con ellas demostraban  su posición  y rango social.

Aunque nos centraremos en los siglos  XVIII y XIX pasaremos por distintos  períodos y usanzas de las joyas aunque  solo sea  con pequeñas pinceladas, para poder confrontar las diferencias.

En los trabajos de la  Doctora en  Historia del Arte  AMELIA ARANDA HUETE  del Dep. Historia del Arte II, nos presenta la tipología de la joyería de las españolas  en la época del reinado de  Felipe V.

“La joyería española de la primera mitad del siglo XVIII desarrolló el mismo estilo que en Europa aunque algunos investigadores  opinen que debido al cierre de fronteras  en España se encontraba retrasada con respecto a las corrientes europeas. Sin embargo, el intercambio de diseños, sobre todo franceses,  fue constante así como el de piezas realizadas a través de compras y regalos.

Por lo  tanto, el estilo es barroco, con temas vegetales de

Broche de Barbara de Bragança con esmeraldas y diamantes

Broche de Barbara de Bragança con esmeraldas y diamantes

capullos, rosas y tallos, así como el recuerdo manierista de los rombos y las «ces» vegetales. Además de estos temas generales del Barroco, destacan algunos particulares de la Joyería, como por ejemplo el de los lazos múltiples que terminan en brotes vegetales y que se suelen colocar en los broches de pecho. Estos lazos parecen estar inspirados en los lazos de tela, pues los imitan claramente, tomando incluso al principio la forma caída hacia abajo de las lazadas producidas por el peso de la seda.

Las joyas de la primera mitad del siglo poseían una línea y una delicadeza muy particular. El metal, que al principio se utilizó en gran cantidad, se redujo al mínimo aligerando el peso de la pieza y concediendo más importancia a las piedras.

Las joyas, por herencia del siglo precedente, adornaron el anverso con piedras facetadas en bocas cerradas y el reverso con esmalte. Este, comenzó a desaparecer en la segunda

década dejando el reverso de las piezas en su color natural o sobre-dorándolo en el caso de la plata. La policromía del esmalte dio paso a bellos motivos cincelados en profundos cortes a buril.

Los diamantes fueron las piedras predominantes. Estaban tallados de manera sencilla, presentando sólo dos tipos: la talla en tabla o a bisel y la talla rosa. Con el tiempo surgió, por evolución, la talla brillante que embelleció y enriqueció las piezas, dominando este campo como tenemos ocasión de comprobar en la documentación consultada.

En Europa, hasta mediados del siglo XVIII, las joyas nocturnas y de gala se engastaron únicamente con diamantes. Las piedras de color, granates, cornalinas, perlas y pastas se reservaron para las joyas usadas durante el día. En España este concepto no existe y los diamantes se engastaron solos o intercalados con piedras de color. Las piedras, por lo general, se montaron en engastes con boquillas cerradas, lo que permitía la colocación entre la piedra y el metal de láminas de metal coloreadas o polvos para cambiar, potenciar y mejorar la uniformidad de las piedras. En algunas ocasiones y con mayor frecuencia según avanzó el siglo, se engastaron al aire o al transparente para exhibir mejor los reflejos de las piedras facetadas.

Como norma común en la joyería de la época, los diamantes se engastaron en plata y las piedras de color en oro. Generalmente las joyas se realizaron exclusivamente para la mujer, con una sola excepción: la corte francesa. Los vestidos femeninos durante el siglo XVIII alcanzaron un grado de exageración asombroso. Reapareció la cintura de avispa con corsé estrechísimo y las faldas volvieron a ser circulares pero abiertas por delante para mostrar amplias enaguas. Los escotes eran muy marcados y las mangas hasta medio brazo. Pelucas y cabellos empolvados enmarcaban rostros de color porcelana adornados con lunares produciendo un efecto final muy artificioso. Los niños reproducían en miniatura la moda adulta. La única fuente de iluminación disponible eran las velas y en esta atmósfera fueron muy apreciadas las grandes joyas con mucha pedrería, especialmente los diamantes.”

Con este ambiente recargado y artificial, los nobles  encargaban a los orfebres y joyeros conjuntos de  joyas para sus damas con un diseño unificado, a este conjunto de joyas se le denomino  aderezo.

Aderezo con diadema, joya de pecho y collar, principios del siglo XIX

Aderezo con diadema, joya de pecho y collar, principios del siglo XIX

“El aderezo generalmente constaba de diadema, pendientes, collar, joya de pecho, dos brazaletes y sortijas. En ocasiones iba acompañado por una cruz suspendida del collar y por una aguja o adorno de cabeza. Este conjunto de joyas no podía faltar en los regalos de bodas de princesas e infantas, pero no siempre solían estar integrados por todas las piezas.

Modelos más sencillos, integrados únicamente por pendientes y adorno de pecho recibieron la misma denominación como hemos podido comprobar a través de la documentación.

Como relata madame D’Aulnoy en su viaje por España, aunque se refiera al siglo XVII, las damas españolas poseían más de un aderezo. El ejemplo más rico que hemos encontrado entre la documentación consultada, fue el realizado para la infanta María Antonia, hija de Felipe V, con ocasión de su boda con el príncipe de Saboya. En total se le entregaron cinco aderezos completos engastados con diamantes, brillantes blancos, zafiros, rubíes y esmeraldas aparte de otras joyas sueltas. El inventario de todos ellos se realizó el 9 de mayo de 1750.”

 

 

En las familias  más  modestas los aderezos  eran más sencillos, integrados únicamente por pendientes y cruz, pendientes y  joya de pecho o pieza de garganta,  al ser herencias  de madres a hijas se deshacían y reutilizaban  para hacer joyas nuevas,  aunque  esta práctica la utilizaban también los nobles,  por ese motivo son pocos  los  aderezos completos que se han  recopilado.

Pendientes largos de aljófar del siglo XVIII.

Pendientes largos de aljófar del siglo XVIII.

Los dibujos y bocetos de joyería  de  esta época  recogidos son muy reducidos,  se destacan  los dibujos enviados desde París para la ejecución de las joyas que se regalaron a la infanta María Luisa con motivo de su boda con el archiduque de Lorena en 1763.

Aigrette establecido en 1830 -Tembladera- 1840

Aigrette establecido en 1830 -Tembladera- 1840

Las agujas  en el pelo aparecieron  a mediados del  siglo XVII en España, no  como se afirmaba que era una moda Francesa, además de sujetar los moños tan  elevados, cuanto más  grandes y complicados mayor era la riqueza de la dama, adornaban  el peinado y se extendieron  rápidamente  en la corte  y entre las nobles  españolas.

 “Las damas de mediados del siglo XVII adornaron sus peinados con un lazo, primero de tela y luego de metal engastado con piedras preciosas. También comenzaron a surgir en este momento, agujas de oro y alfileres con un botón o flor en la parte superior, a veces suspendido de un muelle, produciendo un efecto de tembladera, función que será retomada en el siglo siguiente por los adornos de cabeza que lucirá la reina Isabel de Farnesio. Los adornos para el pelo incrementaron su tamaño a partir de los años 70. Las damas se colocaron, prendidas al cabello por medio de botones con piedras engastadas, grandes plumas que causaron la admiración y la envidia de toda Europa. Su éxito fue tal, que las damas francesas, a imitación de las españolas, comenzaron a adornar sus cabezas con agujas y clavos.

Madame d’Aulnoy, en su relato de la vida española, comentó en 1679 que las mujeres españolas llevaban toda la cabeza llena de agujas, unas con pequeñas moscas de diamantes y otras con mariposas de variado colorido. La reina María

La Reina María Luisa Gabriela de Saboya

La Reina María Luisa Gabriela de Saboya

Luisa de Saboya, primera esposa de Felipe V, a principios del siglo XVIII continuó usando este adorno. Asimismo eligió para embellecer su peinado y los rizos de su cabello, un hilo de perlas con un colgante en el centro. Pronto, el colgante, casi siempre formado por un botón y una perla perilla suspendida de el, lució solo, coincidiendo con la raya central del peinado, y el hilo de perlas se sustituyó por un tocado con una cinta de tela.

Tal adorno, se observa en muchos de los retratos de la reina pintados por Miguel Jacinto Meléndez realizado hacia 1707, en el de Museo Diocesano de Salamanca.

El botón y la perla debieron ser desmontables, porque en otro retrato de autor, se observa el mismo adorno pero con un gran botón en forma de flor adornado todo él con pedrería. Esto confirma que las piezas anteriores podían separarse de las perlas y utilizarse solas.

Pero a los pocos años, Isabel de Farnesio, al cambiar el peinado y reducir su volumen, prefirió la elegante piocha. El origen de esta pieza se encuentra presumiblemente en el airón o garzota y en muchas ocasiones se denominó así en los documentos consultados. El airón era un adorno formado por plumas de color blanco que partían de un botón en la parte inferior adornado con pedrería. La garzota era lo mismo pero integrado por plumas negras. Ambos adornos fueron muy usados por las damas españolas en la segunda mitad del siglo XVII, causando la admiración de todas las cortes europeas. Las plumas, procedentes en su maria antmayoría de América, comenzaron a escasear y a aumentar su precio por lo que fueron sustituidas por piezas de metal de idéntico diseño, engastadas con pedrería que poco a poco fueron estilizándose y convirtiéndose en bellos adornos, donde el metal era escaso y la pedrería abundante y en ocasiones suspendida a manera de colgantes. En Europa recibieron el nombre de «aigrette».

A partir de aquí, pensamos que surge la piocha que algunos investigadores relacionan con la palabra italiana «pioggia» que significa «lluvia», propiciada por el efecto de las perlas que se suspendían de finos hilos de metal y que al movimiento de la cabeza, producían la sensación de gotas de lluvia o de rocío, deslizándose por los cabellos.”

Otros  investigadores  de la historia de la joyería como  Priscilla Mullert, conservadora de la Hispanic Society (Nueva York), nos  dicen  que  el origen de esta pieza pudo estar en China, ya que los peinados orientales se decoran con adornos semejantes y el comercio con este país fueron frecuentes durante aquellos años.

 

La emperatriz y sus damas grabado 1850 aprox.

La emperatriz y sus damas grabado 1850 aprox.

A partir de aquí, pensamos que surge la piocha que algunos investigadores relacionan con la palabra italiana «pioggia» que significa «lluvia», propiciada por el efecto de las perlas que se suspendían de finos hilos de metal y que al movimiento de la cabeza, producían la sensación de gotas de lluvia o de rocío, deslizándose por los cabellos.”

Observando los retratos y  cuadros de la época que se conservan  en  palacios , museos  y colecciones particulares, podemos describir las magnificas joyas que lucían  nuestros antecesores, reparamos  en el gran trabajo  que realizaban los joyeros  con  las herramientas  limitadas de la época. También nos transmiten  como  las utilizaban y combinaban, desmontando  algunas piezas y  combinándolas con cintas de seda o añadiéndolas a otras piezas como la joya de pecho.

La primera piocha que observamos en la cabeza de la reina Isabel de Farnesio es en un retrato pintado en 1725 conservado en una colección particular madrileña. La pieza de apariencia horizontal, es como una mariposa con flores en las alas engastadas con pedrería de color. Siete perlas perillas se suspenden de la parte baja, la central más grande. Luce la reina además diadema de tipo clásico con una piedra octogonal en el centro, seguramente un rubí, de cuyo lateral izquierdo parte un hilo de perlas interrumpido por un broche creando una doble arquería. En el centro de la diadema una flor de lis.

Isabel de Farnesio 1727

Isabel de Farnesio 1727

En el retrato de Meléndez conservado en la Biblioteca Nacional de Madrid fechado en 1727 luce un bello modelo de motivo vegetal. La pieza tiene forma de ramo, con tres tallos rematados en sendas flores con un rubí en el centro rodeado de diamantes. Los tallos están unidos por un lazo con una perla en el centro. De ella pende otra en forma de lágrima y una más de cada flor superior. Puede que las flores estuvieran colocadas en muelles para producir el movimiento de la pieza. Su aspecto es muy aéreo. Lleva la reina la misma diadema, con el rubí central aunque el hilo de perlas que parte de uno de los lados cae liso, sin interrupción. En el centro, en lugar de la flor de lis, se colocó un adorno de tipo floral con apariencia de pequeño y apretado ramo de piedras de colores. Hilos con diamantes y perlas se enredan entre el peinado.

En ocasiones, la piocha tuvo la misma apariencia que un ramo de pecho y en los diseños conservados de la época se pueden confundir. Por ejemplo, en el V libro de pasantías de Barcelona se representa un ramo cuajado de pedrería que, aunque se coloca sobre la cabeza de un arlequín, podía estar destinado para el pecho. Fue realizado el 23 de septiembre de 1765 por Antón Marlet.

Las damas españolas también lucieron en la cabeza, como hemos comentado, un botón en forma de flor, insecto o mariposa, que se suspendía de un muelle o hilo metálico en

Airón de Oro, esmalte, diamantes y rubíes, segunda mitad del siglo XVII

Airón de Oro, esmalte, diamantes y rubíes, segunda mitad del siglo XVII

espiral produciendo un movimiento o temblor. Este adorno recibió de esta manera el nombre de tembleque o tembladera. Solía estar esmaltado y joyelado.

El mismo efecto fue adoptado igualmente en los broches de pecho que en ocasiones también se denominaron de la misma manera. Estas piezas también se usaron durante estos años en la Corte portuguesa. Varios modelos se conservan en el Museo de Arte Antiga de Lisboa recibiendo el nombre de «alfinetes».

Estas son algunas de las joyas utilizadas para el adorno de los cabellos durante el siglo XVIII y  algunas como el airón se siguieron utilizando en el XIX.

En el próximo artículo, veremos cómo las joyas  están presentes en los acontecimientos  más importantes  de la vida del hombre.